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Se Busca Un Milagro de Segunda Mano

El milagro llegó al mercadillo de San Teodoro un domingo a las seis de la mañana, metido en una caja de zapatos que decía "Nike talla cuarenta y dos" y con un papelito pegado con cinta: SE VENDE MILAGRO. POCO USO. FUNCIONA. Nadie supo quien lo trajo. Doña Remedios, que vende ollas y chismes desde el ochenta y siete, juró que la caja ya estaba ahí cuando ella llegó, encima de su mesa, calientita como pan recién hecho.

Lo abrió con miedo. Adentro no había nada. O sea, había algo, pero no se veía, era como cuando entras a una cocina y sabes que alguien acaba de hacer café aunque la taza no esté. Doña Remedios cerró la caja, se persignó dos veces por si acaso, y le puso un precio con plumón: veinte pesos. Despues lo pensó mejor y lo tachó. Puso doscientos.

Para las ocho ya había fila. La noticia corrió más rápido que el wifi del barrio, que es lento, pero bueno. Llegó el señor Ortega que quería un milagro para que su hijo dejara los videojuegos, llegó una muchacha que quería que su ex se arrepintiera "pero bien arrepentido", y llegó el padre Anselmo en bicicleta, sudando, diciendo que eso de vender milagros en la calle era competencia desleal.

El problema es que nadie sabía de quien era el milagro de antes. Porque si era de segunda mano, alguien ya lo había usado. ¿Y para qué? Ortega dijo que a lo mejor lo devolvieron porque no servía. Remedios dijo que los milagros no se devuelven, se pasan, como las sillas de la abuela o los resfriados. Entonces la caja hizo un ruidito. Un ruidito chiquito, como de gato soñando. Y todos se callaron.

Yo estaba ahí, eso que quede claro, porque luego la gente cuenta las cosas como quiere. Yo había ido a comprar un espejo para el baño, nada más, y terminé en la fila del milagro con el espejo bajo el brazo. Cuando la caja hizo el ruidito, el espejo se empañó solito, por dentro, como si alguien respirara del otro lado. Y en lo empañado se leía, con letra de niño: GRACIAS POR CUIDARME.

Me dio un escalofrío de esos que empiezan en la nuca y terminan en el bolsillo. Porque yo conocía esa letra. Era la letra de mi hermano Tito, que escribía las erres al revés y que se fue a vivir al norte hace veinte años y nunca más llamó. No dije nada. Pagué el espejo, que costaba cincuenta, y me quedé en la fila igual. Ya no por el milagro. Por la letra.

Mientras tanto, en otro lado del mercadillo, el Chato Benítez vendía relojes que no daban la hora y se enteró del asunto tarde, como siempre. El Chato tenía un plan para todo y ninguno funcionaba, pero eso nunca lo había detenido. Pensó: si un milagro usado vale doscientos, uno nuevo debe valer una fortuna. Y si uno consigue el milagro, lo abre, le saca la pila o lo que tenga adentro, y lo copia... pues ya está. Fábrica de milagros. Milagros al por mayor. Hasta con factura.

Así que se puso su mejor camisa, la de las palmeras, se echó colonia de más, y se metió en la fila diciendo que venía "de parte de la municipalidad". Nadie le creyó. Pero tampoco nadie le dijo que no, porque en San Teodoro uno nunca sabe.

A las nueve y media llegó el calor y con el calor llegó la abuela Chela, que tiene noventa y tantos y no hace fila desde mil novecientos sesenta, cuando hizo fila para ver al Papa y el Papa no vino. Se metió hasta adelante con su bastón y nadie le dijo nada, porque en San Teodoro a la abuela Chela no se le dice nada, se le dice "sí señora".

Puso la mano sobre la caja Nike sin abrirla y cerró los ojos. Dijo que ese milagro ella ya lo conocía. Que era el mismo que en el setenta y dos le devolvió la voz a su marido después de la fiebre, y que despues el marido no se calló nunca más, así que tampoco fue tan milagro. "Este milagro ya dió muchas vueltas", dijo. "Está cansadito. Hay que tratarlo con cariño." Y Doña Remedios, que es comerciante pero no es de piedra, le subió el precio a trescientos por lo de la antigüedad.

Ahí fue cuando el Chato Benítez hizo su jugada. Con la camisa de palmeras pegada al cuerpo por el sudor, sacó una caja de zapatos idéntica, Nike talla cuarenta y dos y todo, que había comprado hace diez minutos en el puesto de Don Fermín junto con unos tenis que no le quedaban. La idea era sencilla: distraer a Remedios, cambiar las cajas, y salir caminando como si nada. El Chato nunca había salido caminando como si nada de ningún lado en su vida.

Le gritó a Remedios que se le estaban robando las ollas. Remedios volteó. El Chato cambió las cajas. Y en ese momento exacto, la caja de verdad, la del milagro, se puso pesadísima, como si adentro hubiera un ladrillo, o una conciencia. El Chato no la pudo levantar. Tiró y tiró y la cara se le puso del color de las palmeras de la camisa, morada. La fila entera lo miraba. Hasta el padre Anselmo se rió, y luego pidió perdón al cielo por reírse.

Lucía, la del espejo, fue la única que no se rió. Se acercó despacito, le puso al Chato una mano en el hombro, y el Chato soltó la caja como quien suelta una brasa. La caja volvió a pesar lo que pesa una caja vacía. Lucía la levantó sin esfuerzo y se la devolvió a Remedios, y nadie entendió nada pero todos aplaudieron, porque en el mercadillo cuando uno no entiende algo aplaude, por si las dudas.

Lo raro fue lo que pasó después. El espejo que Lucía traía bajo el brazo se volvió a empañar, ahora por fuera, y la letra de niño escribió otra cosa, con las erres al revés: EL MILAGRO NO SE VENDE. EL MILAGRO ESCOGE. Remedios lo leyó, miró el precio de trescientos, miró la fila, y tachó el número otra vez. No puso nada. Dejó la caja ahí, sola, en medio de la mesa, entre una olla express y un santo sin nariz, esperando.

Y la caja se quedó ahí toda la tarde. Sola. Nadie la tocaba, pero tampoco nadie se iba, que eso es lo que pasa en San Teodoro cuando hay chisme bueno, la gente se queda aunque se le queme la comida en la casa. Yo vendo perfumes de imitación en el puesto de enfrente, asi que lo vi todo, y les digo que a las cuatro la caja ya tenía ofrendas: tres velas, una estampita de San Judas, un tamal de rajas, y una foto de un perro que se llama Chispas y que según la dueña está enfermo de los nervios. Doña Remedios no cobraba nada, nomás miraba, con los brazos cruzados y la boca chiquita, como cuando a una le dejan al novio esperando en la iglesia. Y entonces, a las cuatro y cuarto, bajó una paloma gris, gordita, de esas que nadie quiere, y se paró encima de la caja como si fuera su casa. Y la caja, mis amores, hizo el ruidito. El de gato soñando. Ay no, dijo alguien. Le tocó a la paloma.

Esa noche me llevé el espejo a la casa y lo colgué en el baño, que para eso lo había comprado, aunque ya no me atrevía ni a lavarme los dientes enfrente de él. Me bañé con agua bien caliente a propósito. Para ver. El vapor subió y el espejo se empañó todito, y yo me quedé parada con la toalla, temblando, esperando las erres al revés. No salió nada. Diez minutos. Nada. Ya me iba a dormir, enojada con Tito por los veinte años y ahora también por esto, cuando escuché un rechinido, como de dedo en vidrio. En la esquina de abajo, chiquito, decía: LA PALOMA NO. ES PARA EL QUE NO LA QUIERE. Y luego, más abajo, todavía más chiquito, como quien se acuerda de algo en la puerta: Y LAVATE LOS DIENTES LUCHI. Nadie me decía Luchi desde que se fue. Me senté en la tapa del inodoro y lloré un rato, pero me lavé los dientes, porque una es sentimental pero no cochina.

Al otro día se supo lo del espejo, porque Lucía se lo contó a su comadre y su comadre se lo contó al mercadillo entero antes de las ocho. Para el que no la quiere. Y el Chato Benítez, que no entiende de milagros pero sí entiende de ofertas, llegó al puesto de Remedios con la camisa de palmeras recién planchada y se paró frente a la caja y dijo, bien fuerte, para que lo oyera el cielo: "Yo no quiero ese milagro. Para nada. Qué asco de milagro. Ni regalado." Y se quedó esperando, con la mano medio estirada. La caja no hizo nada. Él lo dijo otra vez, más fuerte, y agregó que el milagro estaba feo y que la caja olía a pie. La caja tampoco hizo nada. Pero la paloma gorda, que seguía ahí arriba, se le hizo en la camisa nueva, justo en una palmera, con una puntería que eso si era milagrosa. Hasta el padre Anselmo dijo que eso contaba como respuesta.

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