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Serpientes en miel

La abuela Villalobos se murió un martes, que es mal día para morirse porque los martes ni te cases ni te embarques, y ella siempre fue muy de llevar la contraria. La encontraron sentada en el corredor, con una cuchara de miel a medio camino de la boca y una sonrisa de esas que uno pone cuando sabe algo que los demás no. Las abejas no salieron a trabajar ese día. Se quedaron todas pegadas a la ventana de su cuarto, zumbando bajito, como rezando.

Tres generaciones de Miel Villalobos, la más dulce del valle, y ni un solo Villalobos lloró en el velorio. Bueno, mentira. Lloró tío Rigoberto, pero porque le picó una abeja en el párpado mientras le daba el pésame al padre Ignacio.

El testamento lo leyeron el viernes en la cocina, porque la abuela no confiaba en abogados ni en salas con aire acondicionado. El licenciado Paredes se acomodó los lentes, tosió dos veces, y leyó con voz de funeral: "Dejo el negocio, la casa, las colmenas y la receta a quien encuentre la serpiente en la miel. Los demás, que se busquen la vida, que ya están grandecitos."

Silencio. Mi prima Fernanda se atragantó con el café. Mi mamá dejó caer la azucarera, que era de porcelana y de la bisabuela, y nadie se agachó a recogerla porque todos estábamos mirándonos unos a otros como se miran los gatos antes de pelear. Yo no dije nada. Yo nada más pensé en el frasco viejo que la abuela me dio la navidad pasada, el que tiene algo oscuro enroscado en el fondo y que yo creí que era una ramita de canela.

Esa misma noche todos los Villalobos fueron a la bodega de los frascos. Por separado, claro, cada uno creyendo que era el único listo. Tío Rigoberto llegó primero, con una linterna y el ojo hinchado. Detrás llegó Fernanda en pijama de unicornio diciendo que tenía sed. Después el padre Ignacio, que no es de la familia pero le debía a la abuela más dinero del que se le debe a Dios. Y al final llegó un señor flaquito con sombrero de apicultor que nadie conocía y que dijo, muy tranquilo, "yo trabajo aquí desde hace años", y todos le creyeron porque a esa hora ya nadie tenía fuerzas para pelear con un desconocido.

Había como mil frascos. Y en cada uno, si lo ponías contra la luz, parecía que algo se movía.

La cosa de la miel es que guarda todo. Eso decía la abuela. Si le echas una mentira a la miel, la mentira no se pudre, se queda ahí para siempre, dulcita y brillante, esperando a que alguien la destape. Por eso ella escribía los secretos de la familia en papelitos y los metía en los frascos, cada secreto en su frasco, con la fecha y el nombre del culpable.

Fernanda fue la primera que abrió uno. Sacó el papelito con los dedos pegajosos, lo leyó a la luz de la linterna del tío, y se puso blanca como el azúcar glass. Leyó en voz alta, temblando: "Rigoberto no es Villalobos." El tío se rió nervioso. Las abejas, afuera, dejaron de zumbar de golpe.

Tío Rigoberto dejó de reírse cuando vio que nadie se reía con él. Le quitó el papelito a Fernanda de un jalón, lo leyó dos veces, lo olió, como si la mentira se pudiera oler, y dijo que eso era letra falsificada, que la abuela escribía las des con una colita y esta de aquí no tenía colita. Fernanda le dijo que la de "Rigoberto" sí tenía colita. Él dijo que esa no contaba.

Pero las abejas ya estaban entrando por las rendijas de la bodega. Despacito, sin zumbar, como invitadas a un velorio que llegan tarde y no quieren molestar. Se pararon todas en un solo frasco, uno del estante de arriba, uno que tenía la tapa amarrada con listón rojo. El padre Ignacio se persignó. El apicultor desconocido se quitó el sombrero. Y yo pensé, porque soy así, que a lo mejor las abejas no estaban señalando un secreto. A lo mejor estaban señalando el que la abuela quería que encontráramos primero.

Rigoberto fue por el frasco del listón rojo porque si alguien iba a destapar su vida, mejor que fuera él. Se subió a una silla que no aguantaba ni a un gato, estiró el brazo, y la silla hizo lo que hacen las sillas en las telenovelas: se rompió en el momento más dramático. Rigoberto cayó de nalgas, el frasco cayó encima de Rigoberto, y la miel le chorreó por toda la cabeza como si lo estuvieran bautizando de nuevo, ahora con otro apellido.

Entre la miel salió un papelito doblado en cuatro. Y no era un secreto. Era una carta. "Rigo: si estás leyendo esto, ya te caíste de la silla. Te lo dije. Eres mi hijo aunque no seas de tu papá, y eso a mí nunca me importó. Lo que sí me importa es que sepas quién se llevó el dinero de la cosecha del noventa y nueve. Pregúntale al de sombrero." Todos voltearon a ver al apicultor flaquito. El apicultor flaquito ya no estaba.

Afuera la noche olía a lluvia y a cera. Encontraron el sombrero de apicultor tirado en el caminito de las colmenas, con el velo todo enredado, como si alguien hubiera salido corriendo y el sombrero hubiera decidido quedarse. Fernanda, todavía en pijama de unicornio, lo levantó y adentro, cosido en el forro, había un nombre bordado con hilo amarillo: Aurelio Villalobos.

Mi mamá se tuvo que sentar en el suelo. Aurelio era el hermano de la abuela, el que se ahogó en el río hace cuarenta años, el que tenía su foto en la sala con una velita que nunca se apagaba. Las abejas salieron todas de la bodega al mismo tiempo, una nube dorada, y se fueron volando hacia el río, como quien va a avisarle a alguien que ya lo descubrieron.

Seguimos a las abejas hasta el río, todos en pijama, porque a esa hora en esta familia ya nadie se acordaba de tener vergüenza. Tío Rigoberto iba adelante, todavía con miel en el pelo, brillando con la luna como un santo de iglesia barata. Fernanda con el sombrero de apicultor puesto, no sé por qué. Mi mamá descalza. El padre Ignacio rezando el rosario al revés para ver si así funcionaba más rápido. El río estaba quieto, quietísimo, y las abejas se pararon todas en una lancha vieja amarrada a la orilla, una lancha que yo había visto toda mi vida y que todos creíamos abandonada. Adentro de la lancha había una lámpara de aceite prendida. Y sentado junto a la lámpara, pelando una naranja con mucha calma, estaba el señor flaquito. Sin sombrero se le veía la cara. Tenía la nariz de la abuela. Y los ojos de la abuela. Y la misma manera de pelar la naranja en una sola tira larga, sin romperla, que la abuela decía que era el secreto de la buena suerte.

"Yo no me ahogué," dijo el señor, sin levantar la vista de la naranja. "Me fui. Que no es lo mismo, aunque en esta familia siempre lo confunden." Y ahí, mis queridos, si esto fuera la tele, entraban los violines y luego un comercial de detergente. Fernanda se desmayó, pero bonito, encima de un costal de arpillera, porque Fernanda hasta para desmayarse tiene estilo. Mi tía Leonor gritó "¡Aurelio!" con una voz que no le escuchábamos desde la boda de mil novecientos ochenta y algo. Y el padre Ignacio dejó caer el rosario al río y no se agachó por él, que eso ya es decir mucho. Aurelio terminó de pelar la naranja, partió un gajo, y se lo dio a Rigoberto, que estaba todo pegajoso y con la boca abierta. "El dinero de la cosecha del noventa y nueve lo tengo yo," dijo. "Pero no me lo robé. Me lo dio ella. Para que lo cuidara de ustedes."

Yo tenía el frasco en la bolsa de la bata. No sé por qué lo agarré antes de salir de la casa, la mano lo agarró sola, como cuando una agarra el paraguas sin ver el cielo. Cuando Aurelio dijo eso del dinero todos empezaron a gritar al mismo tiempo, que si cuánto, que si dónde, que si eso era de todos, y yo, sin pensarlo, saqué el frasco y lo levanté a la luz de la lámpara. La cosa oscura enroscada en el fondo se movió. Poquito. Como se mueve uno cuando lo despiertan. Aurelio dejó de comer naranja. Se puso pálido debajo de lo moreno, y me miró a mí, a mí, que en esta familia nadie me mira porque soy la prima callada que sirve el café. "Mija," me dijo bajito, "eso no es canela." Las abejas, todas, se voltearon hacia mí. Y yo sentí el frasco calientito en la mano, latiendo, como si adentro hubiera un corazón chiquito que llevaba años esperando que alguien le hiciera caso.

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