Public book. The ink is still wet. Shape the next line.
El beso del lobo carroñero
El lobo carroñero no caza. Que quede claro desde el principio, para que nadie se ilusione. Llega tarde a todo, a la fiesta, a la guerra, al amor, y se come lo que dejaron los valientes. Pero ay, cuando besa. Cuando besa el lobo carroñero besa como la lluvia a un techo de lámina, con ruido, sin pedir permiso, toda la noche. Yo lo conocí en el puerto de Valparaíso, una noche que el mar olía a vino barato y a cartas que nadie mandó. Tenía un abrigo largo de policía muerto y los dientes amarillos de tanto reírse. Me dijo: poeta, tú escribes lo que los otros ya vivieron. Somos iguales. Y me besó en la frente como se besa a un hermano que se va a la cárcel.
Me gustas cuando callas, dijo el poeta, y el lobo se rió tanto que se cayó de la silla. Callada? Callada nada, mi amor. A mí me gustas cuando gritas, cuando rompes platos, cuando bailas cumbia en la cocina con los zapatos en la mano. El lobo carroñero no quiere mujeres de museo. Quiere mujeres que se coman el último pedazo de pastel sin preguntar. Yo fui una. Lo besé en una boda, detrás del pastel, con betún en los labios, y la novia nos vio, y el novio nos vio, y la abuela del novio aplaudió, que era la única que entendía. Ese beso me costó tres primos que ya no me hablan. Valió cada uno.
Yo soñé al lobo antes de verlo. En el sueño caminaba por un campo de cartas de amor viejas, de esas que uno escribe y nunca manda, y se las iba comiendo despacito, una por una, masticando las palabras como pan. Cada carta que se comía se volvía estrella. Por eso el cielo está tan lleno, pensé al despertar. Está lleno de cosas que nadie se atrevió a decir. Me asomé a la ventana y la luna estaba ahí, cerquita, como una cara que se acerca, y por un segundo olió a pelo mojado y a menta y al perfume de la abuela de alguien. Cerré los ojos. A lo lejos un aullido, casi una carcajada. A lo lejos un beso cayendo sobre alguien que lo necesitaba.
Y ahora la policía lo busca. Claro. Siempre la policía. Hay un inspector bien peinado, con bigote de tristeza, que lleva años persiguiendo al lobo de ciudad en ciudad, de poema en poema. Dice que el lobo besa sin licencia. Que besa a casados, a curas, a estatuas, a una señora de noventa años en la fila del banco que después de eso cambió su testamento. Que es un peligro para el orden público. Una noche, borracho, me confesó lo peor: nunca me ha besado a mí. Ni una vez. En todos estos años. Y bajó la cabeza, y yo le serví otro trago, porque soy la que sirve, y entendí que no era cacería. Era amor.
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